La historia de Victoria García no es solo la de una mujer en busca de atención médica; es un reflejo del colapso del sistema de salud que muchos en este país enfrentan a diario. La situación es alarmante, y no se trata de un grito de victoria, sino de una demanda de justicia para aquellos que, como Victoria, han sido olvidados por un sistema que se presume eficiente pero que, en la práctica, resulta ser una trampa mortal.

Victoria ha estado años esperando una cirugía en el Seguro Social, esa institución que muchos funcionarios se empeñan en presentar como un modelo de salud pública. Pero, ¿quién de esos funcionarios ha tenido que esperar en la sala de urgencias durante horas, sintiendo el dolor punzante que la acompaña día tras día? ¿Quién ha sido regañado en medicina general por un médico que parece más interesado en mantener su estatus que en atender a sus pacientes? Es fácil presumir de un sistema que, en teoría, debería ser accesible y efectivo, pero la realidad es bien diferente.

Imaginemos por un momento que esos funcionarios se enfrentan a la misma burocracia que Victoria. Que deben lidiar con cirujanos que les indican que sus instrumentos son de uso personal, y que, si realmente desean una atención rápida, deberán ir a una clínica particular. Esa es la mafia que opera en el corazón del sistema de salud, donde el acceso se compra y se vende, y los pacientes se convierten en meros números en una lista interminable de espera.

Victoria no solo sufre ataques tipo eléctricos en el cerebro, sino que su situación se agrava con cada día que pasa sin la atención que necesita. En su búsqueda de respuestas, ha acudido a las autoridades de salud, incluso al secretario de Salud, Cuitláhuac González, quien prometió ayuda pero ha hecho poco para cambiar su realidad. Mientras tanto, el Seguro Social sigue cobrando sin cesar, congelando cuentas y prometiendo un servicio que no se materializa.

La ironía es insoportable: el mismo sistema que se alaba como un modelo de salud se convierte en una prisión para aquellos que buscan atención. La cita para una cirugía puede estar programada para dentro de 89 meses, pero la urgencia de la enfermedad no espera. La desesperación lleva a muchos a ofrecer sobornos, a “dar una feria” para ser atendidos, un reflejo de la corrupción que ha penetrado hasta los cimientos de nuestras instituciones.

Como sociedad, debemos exigir que los funcionarios se pongan en los zapatos de personas como Victoria. Que el gobernador y el secretario de Salud se atrevan a experimentar lo que es depender de un sistema que los ha fallado. Que no haya más promesas vacías, sino acciones concretas que transformen la realidad de quienes están sufriendo.

Es inaceptable que los que deberían ser los garantes de la salud pública se conviertan en cómplices de un sistema que prioriza el lucro sobre el bienestar. La historia de Victoria es una llamada a la acción, un recordatorio de que la lucha por la salud es una lucha por la dignidad. Y hasta que no se reconozca esta realidad, no habrá lugar para celebrar victorias vacías. La victoria será real cuando cada persona tenga acceso a la atención médica que merece, sin importar su situación económica o social. 

Victoria sigue esperando, y con ella, millones más. Es hora de que el sistema de salud deje de ser una carga y se convierta en un verdadero refugio para todos.

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